La Alameda: un hito urbano a lo largo de los años
El origen de la Alameda, antes de llamarse como tal, data de la fundación de Santiago en febrero de 1541 con escaso glamour, ya que era simplemente un lugar de tránsito en que se acumulaban desechos, casi al estilo de un basural a la que llamaban La Cañada de San Francisco. Su trazado original en la pequeña ciudad recién fundada por Pedro de Valdivia estaba entre el Cerro Santa Lucía y los brazos del río Mapocho, alcanzando unos pocos kilómetros donde se instaló el convento Franciscano (hoy Iglesia San Francisco), de ahí su apelativo la Cañada, que, según relata Oreste Plath, fue parte del trazado natural del río y convertido en vía por trabajadores obreros españoles, en su mayoría prisioneros.
Debido a los franciscanos y monjas clarisas establecidos en la zona, el tránsito por el lugar tuvo durante siglos un interés comercial, ya que la gente acudía a comprar sus productos, en especial alimentos como dulces y chocolates. También se instalaron otros tipos de comercio y servicios como barberos, herreros, aguateros y vendedores de frutas y verduras cuya presencia convirtió a la Cañada prácticamente en una feria libre.
El uso de la Alameda, una parte como feria libre y otra como depósito de desperdicios, continuó durante todo el período colonial, extendiéndose hasta el siglo XIX, momento en el que Bernardo O’Higgins, en el cargo de Director Supremo, ordenó mediante un decreto el 7 de julio de 1818, su embellecimiento y remodelación, ampliando la calzada, creando bandejones centrales y plantando álamos en cuatro hileras a cada lado. Pasó de ser una sucia calle a la Alameda de las Delicias, convirtiéndose en paseo obligado de la élite nacional, quienes paseaban en sus carruajes luciendo galas importadas desde el Viejo Mundo, inspiradas en la moda francesa imperante en el momento y aprovechando las horas en que los árboles ofrecían sombra.
Con el paso del tiempo, se sumaron esculturas y piletas a este paseo cada vez más urbano y menos colonial; desfiles, fondas, ramadas, árboles frutales, vendedores de alimentos, procesiones religiosas, ejercicios de carácter cívico, militar y social se realizaron en la Alameda, se estableció además la Pérgola de las Flores, muy recordada además por el musical de nombre homónimo.
Con la inauguración de la Estación Central de Ferrocarriles en 1857, en el mismo lugar que se conserva actualmente, la Alameda se extendió hacia el oeste, de forma que los carros de tracción animal de pasajeros y carga circularan hacia el centro hasta la Plaza Almagro, en la calle San Diego, dotando de nueva vida a la avenida.
Durante la administración de Benjamín Vicuña Mackenna, como Intendente de Santiago entre 1872 y 1875, transformó el cerro Santa Lucía, en paseo, embellecido con especies vegetales ornamentales, esculturas, miradores, fuentes y un circuito urbano para peatones y carruajes inspirado en las grandes ciudades europeas como París o Lisboa.
En 1925, hubo un intentó de cambiar su nombre primero por el de Arturo Alessandri, moción que no prosperó, luego el mismo año, se modificó a “Avenida Bernardo O’Higgins” nombre que perdura hasta la actualidad de forma oficial, pero en el imaginario popular, La Alameda sigue formando parte de nuestro vocabulario de la misma forma en que sigue vigente también en el transporte público.
En la década de 1970, la Alameda integró una nueva faceta con la creación del Metro de Santiago, como arteria terrestre y lugar de importancia social, su presencia, ahora subterránea marcó de forma indeleble la manera en que nos trasladamos por Santiago. La Línea 1 del Metro recorre toda la Alameda desde Pajaritos hasta La Moneda en 1975, luego hasta Salvador en 1977, en 1980 hasta Escuela Militar y en 2010 hasta Los Domínicos.
La ciudad de Santiago está dividida por La Alameda que corre casi en paralelo con el río Mapocho; hacia el sur, su cara más urbana y estratégica, concentra edificios de relevancia administrativa y gubernamental, hacia el norte, antiguamente La Chimba, y el Cementerio General. Esta segmentación que nació con la fundación de la ciudad, se preserva en el inconsciente colectivo y en la arquitectura que ha sobrevivido y crecido desde la Colonia hasta la actualidad.
La Alameda concentró el comercio con las primeras sedes de grandes tiendas, edificios emblemáticos para la cultura como la Biblioteca Nacional, representación del poder político, judicial y administrativo así como la educación con la Universidad de Chile y Universidad Católica que erigieron ahí su casa principal. Al margen de toda esta actividad, la Alameda es por excelencia, el lugar de concentración y expresión social, donde se celebran los triunfos políticos y deportivos y se llevan a cabo las manifestaciones.
A casi 208 años de su creación, el CDBP recuerda este hito urbano único en nuestro país.
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